Era invierno y hacía frío, pero
ella se levantó con la sangre caliente recorriendo cada ápice de su
cuerpo. Los gemidos inundaban aquella habitación de pétreas
paredes. Ellie arqueaba su espalda bajo las mantas mientras su mano
se removía rebelde bajo sus pantalones, deslizando sus dedos por su
feminidad. Un último gemido culminó el orgasmo, dejando su cuerpo
caer sobre la cama de nuevo y haciéndola sonreír de esa forma
provocativa típica de cuando estaba delante de un hombre o cuando
yacía a su lado tras un rato con él. Los primeros aces de luz
entraban por la ventana dejando ver esas motitas de polvo y paja que
caían del techo flotando en el aire. Ellie salió de entre las
mantas con un pequeño escalofrío y corrió hacia la silla donde
yacían sus ropas. Se enfundó en su camisa de lino algo arrugada,
sus pantalones de telas marrones, unas viejas botas de cuero marrón
herencia de su abuela y una capa gruesa que tomó de su padre como
capricho. Atravesó la puerta de la habitación entrando a la cocina,
cogió una manzana del cesto que había sobre la mesa y salió fuera
rumbo a la plaza, era domingo, domingo con espectáculo. Las tropas
del ejército habían capturado a un desertor, y era allí, en la
plaza de la capital donde se daría escarmiento a su traición. La
gente pasaba por la plaza a toda prisa, observando los grilletes de
madera que habían colocado en el centro y preguntándose que pobre
ingenuo habría pensado que era posible escapar de las órdenes del
comandante. Una de las mujeres que había en ese momento por allí
dejó caer el cesto de comida que sujetaba cuando vio la cara del
preso que entraba de la mano de las tropas del ejército por la calle
mayor; su hijo. Un desgarrado grito resonó en la plaza, la madre
cayó de rodillas al suelo mientras las lágrimas recorrían su cara.
Algo en el corazón de Ellie se removió, mientras observaba
cuidadosamente cómo colocaban al preso en el armazón de madera.
- Johann Lawliett, condenado a la decapitación por desertar de entre las filas del segundo batallón de la armada, será ajusticiado al caer el sol- relató un portaestandarte a los presentes.
Cómo no, iban a dejar al pobre
desdichado expuesto a la muchedumbre por si algún gracioso quería
apedrearlo un poco antes de su hora final. Ellie tenía que ir a la
granja a ayudar con la cosecha y no podía perder más tiempo
observando el drama que se había creado en la plaza, por lo que puso
rumbo al camino que salía por detrás de la plaza rodeando una
taberna y atravesando un camino bordeado por árboles.
Mamá y la abuela ya estaban allí
recolectando grano del campo lateral, por lo que Ellie prefirió
rodear la granja y trabajar en los establos. Las reses estaban
adormecidas y no parecían querer comenzar el día. A Ellie le llevó
unas horas recolectar todos los huevos del gallinero sin que el gato
entrara y montara una escabechina Después tuvo que barrer los
establos y asegurarse de que las pocilgas estuviesen abastecidas de
comida y agua. Durante toda la jornada la visión de aquella pobre
mujer estallando en llanto por su hijo no dejó de recorrer la cabeza
de Ellie. La verdad es que ella nunca había estado de acuerdo con la
organización de la capital: las medidas abusivas, los impuestos
desorbitados... todo era demasiado para que el pueblo pudiese
soportarlo, pero al fin y al cabo siempre que alguien intentaba
remediarlo desaparecía misteriosamente a los pocos días. Bueno, no
tan misteriosamente era bien sabido que el rey tenía bajo su mando a
unos pocos hombres leales, más bien unos cuantos pobres esbirros a
los que les habían cortado las lenguas, que se encargaban de
silenciar los murmullos de rebelión del pueblo.
El agua fresca caía por su cuerpo
recorriendo sus curvas, liberando a su piel de los montones de barro.
El sol hacía la ducha algo más cálida y la suave brisa de los
campos hizo que no tardase mucho en secarse y enfundarse de nuevo en
sus ropajes. Empezaba a tornarse el cielo en tonos naranjas cuando
Ellie salió de la granja con direcciones de recoger algunas cosas de
casa de su abuela para llevarlas junto con los frutos de la jornada
en el campo a la suya. Sin embargo, algo repentino, un súbito
impulso hizo que se desviara del camino, iba en dirección a la plaza
y no pensaba hacer el viaje en vano, ese chaval iba a vivir sea como
fuere, no por lo que su propia vida pudiese significar, sino por el
valor simbólico de una rebelión que hasta ahora siempre había
muerto antes de siquiera nacer.
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