lunes, 3 de diciembre de 2012

Ellie


  Era invierno y hacía frío, pero ella se levantó con la sangre caliente recorriendo cada ápice de su cuerpo. Los gemidos inundaban aquella habitación de pétreas paredes. Ellie arqueaba su espalda bajo las mantas mientras su mano se removía rebelde bajo sus pantalones, deslizando sus dedos por su feminidad. Un último gemido culminó el orgasmo, dejando su cuerpo caer sobre la cama de nuevo y haciéndola sonreír de esa forma provocativa típica de cuando estaba delante de un hombre o cuando yacía a su lado tras un rato con él. Los primeros aces de luz entraban por la ventana dejando ver esas motitas de polvo y paja que caían del techo flotando en el aire. Ellie salió de entre las mantas con un pequeño escalofrío y corrió hacia la silla donde yacían sus ropas. Se enfundó en su camisa de lino algo arrugada, sus pantalones de telas marrones, unas viejas botas de cuero marrón herencia de su abuela y una capa gruesa que tomó de su padre como capricho. Atravesó la puerta de la habitación entrando a la cocina, cogió una manzana del cesto que había sobre la mesa y salió fuera rumbo a la plaza, era domingo, domingo con espectáculo. Las tropas del ejército habían capturado a un desertor, y era allí, en la plaza de la capital donde se daría escarmiento a su traición. La gente pasaba por la plaza a toda prisa, observando los grilletes de madera que habían colocado en el centro y preguntándose que pobre ingenuo habría pensado que era posible escapar de las órdenes del comandante. Una de las mujeres que había en ese momento por allí dejó caer el cesto de comida que sujetaba cuando vio la cara del preso que entraba de la mano de las tropas del ejército por la calle mayor; su hijo. Un desgarrado grito resonó en la plaza, la madre cayó de rodillas al suelo mientras las lágrimas recorrían su cara. Algo en el corazón de Ellie se removió, mientras observaba cuidadosamente cómo colocaban al preso en el armazón de madera.

  • Johann Lawliett, condenado a la decapitación por desertar de entre las filas del segundo batallón de la armada, será ajusticiado al caer el sol- relató un portaestandarte a los presentes.

Cómo no, iban a dejar al pobre desdichado expuesto a la muchedumbre por si algún gracioso quería apedrearlo un poco antes de su hora final. Ellie tenía que ir a la granja a ayudar con la cosecha y no podía perder más tiempo observando el drama que se había creado en la plaza, por lo que puso rumbo al camino que salía por detrás de la plaza rodeando una taberna y atravesando un camino bordeado por árboles.

Mamá y la abuela ya estaban allí recolectando grano del campo lateral, por lo que Ellie prefirió rodear la granja y trabajar en los establos. Las reses estaban adormecidas y no parecían querer comenzar el día. A Ellie le llevó unas horas recolectar todos los huevos del gallinero sin que el gato entrara y montara una escabechina  Después tuvo que barrer los establos y asegurarse de que las pocilgas estuviesen abastecidas de comida y agua. Durante toda la jornada la visión de aquella pobre mujer estallando en llanto por su hijo no dejó de recorrer la cabeza de Ellie. La verdad es que ella nunca había estado de acuerdo con la organización de la capital: las medidas abusivas, los impuestos desorbitados... todo era demasiado para que el pueblo pudiese soportarlo, pero al fin y al cabo siempre que alguien intentaba remediarlo desaparecía misteriosamente a los pocos días. Bueno, no tan misteriosamente  era bien sabido que el rey tenía bajo su mando a unos pocos hombres leales, más bien unos cuantos pobres esbirros a los que les habían cortado las lenguas, que se encargaban de silenciar los murmullos de rebelión del pueblo.

El agua fresca caía por su cuerpo recorriendo sus curvas, liberando a su piel de los montones de barro. El sol hacía la ducha algo más cálida y la suave brisa de los campos hizo que no tardase mucho en secarse y enfundarse de nuevo en sus ropajes. Empezaba a tornarse el cielo en tonos naranjas cuando Ellie salió de la granja con direcciones de recoger algunas cosas de casa de su abuela para llevarlas junto con los frutos de la jornada en el campo a la suya. Sin embargo, algo repentino, un súbito impulso hizo que se desviara del camino, iba en dirección a la plaza y no pensaba hacer el viaje en vano, ese chaval iba a vivir sea como fuere, no por lo que su propia vida pudiese significar, sino por el valor simbólico de una rebelión que hasta ahora siempre había muerto antes de siquiera nacer.

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